Septiembre, mes de María

Natividad
María madre de dolor

Artículo original

Dom Gueranger también proporciona esta secuencia en su meditación para estos días posteriores a la natividad de María.

¡Oh santa Señora del mundo, ilustre Reina del cielo!

¡Oh María, estrella del mar, Virgen Madre según el corazón de Dios! Sal, dulce doncella; crece verde, tierna ramita; porque darás a luz la noble flor, Cristo, Dios y hombre.
Estamos celebrando la solemnidad anual de tu nacimiento, el día en que, brotado de una raíz escogida, comenzaste a brillar sobre nuestra tierra.

Nosotros, que nacimos en la tierra, pero ahora también somos ciudadanos del cielo, hemos sido a través de ti, de manera maravillosa, puestos en paz por un tratado honorable.

Gloria y victoria sean siempre a la Trinidad, en Unidad indivisa, por los siglos de los siglos.

Amén.


Septiembre es un mes generosamente salpicado de muchas fiestas dedicadas a la Santísima Virgen, y hoy no es una excepción, siendo la fiesta del Santísimo Nombre de María.

Días después de la fiesta de la Natividad de María, y nuevamente días antes de la fiesta de los Dolores de María, la Iglesia señala a Sus hijos a honrar el Santísimo Nombre de María. Es el nombre de una joven virgen, dedicada únicamente a hacer todas las cosas según la voluntad de Dios, y como tal es un nombre que infunde terror a los demonios, dispersa las fuerzas del mal y da gloria a Dios.

La devoción a María no es una falsa devoción, en cierto modo mal dirigida, sino una devoción a Aquella que estuvo sin pecado y que humildemente unió su voluntad a la de Dios para convertirse en la virgen Madre de Dios. “¿Quién es la que sale como el amanecer, bella como la luna, resplandeciente como el sol, imponente como un ejército en formación?” (Cantar de los Cantares 6:9)

La devoción a la virgen madre es denigrada cada vez más en la edad moderna, particularmente por aquellos que desean arrojar insultos e injurias a Dios. Tales almas pervierten el orden divino que ordena que el camino más seguro para seguir a Cristo es seguir a su madre, y así buscan dañarlo a través de ella. Sin embargo, no importa el daño que busquen infligir, tales ataques a la Santísima Virgen nunca pueden desmerecer de ninguna manera la gloria que ella disfruta legítimamente a la diestra del trono Divino.

Porque María, como escribe San Alfonso, “es más santa en el primer momento de su existencia que todos los Santos juntos”. Tales palabras son repetidas por Dom Gueranger, quien describe la forma de su crecimiento cuando era una niña:

Ni la vida santísima, aunque fuera de duración patriarcal, alcanzará jamás el grado de progreso alcanzado bajo la influencia del poder divino por el alma de la Purísima Virgen, en estos pocos días transcurridos desde su venida a la tierra.
En primer lugar, está el progreso de su intelecto: no sujeta a la oscuridad que envuelve la mente de todos los hombres a su entrada en el mundo, es un espejo fiel, en el que la Palabra de Dios derrama torrentes de esa luz que es también vida.
Luego el progreso del amor en aquel corazón de la Virgen y de la Madre, donde ya el Espíritu Santo se deleita en despertar tan inefables armonías, y en profundizar aún más. Por último, el progreso de ese poder victorioso, que hizo temblar a satanás en el momento de la Inmaculada Concepción, y que ha constituido a María la Reina incomparable de las huestes del Señor.
Ella es la Inmaculada Concepción y en ella el pecado no tiene asidero. Ella, la más pura de las criaturas, fue redimida preventivamente por su Hijo, para unirse a Él en el acto salvífico de la redención de la humanidad. María, cuyo nombre es santísimo, es para nosotros canal de gracias, y de ella la Iglesia aplica la palabra de Eclesiástico 24,25: “En mí es toda gracia del camino y de la verdad”.
 De hecho, es necesario que María esté tan separada de la humanidad en términos de las gracias señaladas que recibió, ya que, como señala San Alfonso, "de lo contrario, ¿cómo podría haber intercedido por todos los demás?"
De hecho, es necesario que María esté tan separada de la humanidad en términos de las gracias señaladas que recibió, ya que, como señala San Alfonso, "de lo contrario, ¿cómo podría haber intercedido por todos los demás?"

 Desde sus primeros momentos, la vida de María fue una vida de fiel, santo y tierno servicio a la voluntad y al amor de Dios, tanto que muchos santos y teólogos a lo largo de los siglos han sugerido que recibió la gracia santificante y el uso perfecto de su razón mientras en el seno de Santa Ana, de modo que pudo corresponder perfectamente a las gracias que le fueron dadas.

 En efecto, ¡cómo no podía ser de otra manera en la que iba a dar a luz al Hijo de Dios! ¡Cómo podía el Espíritu Santo permitir que Su esposa fuera mancillada de alguna manera, cuando ella debía llevar al Redentor y luego unirse a Él en Sus actos de redención! Bien escribe San Alfonso, que María obró así desde los primeros momentos para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Desde el principio de su vida, María no tenía deseos en su corazón, sino los que eran de Dios. Esta es, pues, la mujer a la que la Santa Madre Iglesia llama a sus hijos a honrar y glorificar, llamándonos a detenernos en el nombre de María, la que está libre de pecado y se une a Cristo en la Redención. Al tomar las Letanías de Loreto, uno puede hacerlo hábilmente, examinando las muchas gracias y dones que Dios le ha otorgado y los títulos concomitantes bajo los cuales ahora recurrimos a ella.





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