CELEBRAMOS JESUS QUE SE OFRECE EN SU TEMPLO QUE SOMOS NOSOTROS



 “La fe que más me gusta, dice Dios, es la Esperanza. Y no me retracto. Esa pequeña esperanza que parece de nada. Esa niñita esperanza. Inmortal.” (Charles Péguy). Al fondo de nuestro corazón grita una espera. Entre los remolinos de una vida angustiadas por mil problemas se levanta prepotente el deseo de ser salvados. Arrancados de una existencia que a menudo parece no pertenecernos. El dinero, los hijos, el trabajo, las mismas vacaciones. Y la salud, así precaria. Sin embargo, dentro, una certeza sellada, insuprimible: veremos al Mesías. Esta vida nos es dada por algo más de lo que miramos, tocamos, sentimos. Nuestro corazon busca algo mucho más grande. Hemos nacido por Él. Cada instante de nuestra vida, cada instante en fila hasta a éste que ahora estamos viviendo, es una huella dejada por Él.  Hoy celebramos la Presentación al Templo del Señor. La oferta de Su vida, primogénito de una multitud inmensa, al Padre que lo ha engendrado. Hoy el Señor es ofrecido a Dios, presentado al Templo como primizia de una nueva creación. Y, en el Padre, es presentado a nosotros, Su Templo vivo, entregado a nuestras vidas y a nuestras horas. Llega y es señal de contradicción, porque sea desvelada la verdad ocultada en las mentiras y los engaños, las heridas y los venenos, la raíz infecta del engaño demoníaco. Él para todos nosotros a travez de las manos de Maria, Madre Suya y Madre nuestra, la dulce Iglesia que nos quiere y nos cuida con ternura inefable.  Hoy Dios se hace carne remitida a nuestra carne porque sea redimida. Hoy el grito y la espera se encuentran con la respuesta. La única, la definitiva. Somos salvos, en Él cada jirón de la vida pasada, los áridos huesos diseminados sin esperanza en un desierto de horas echadas a servir ídolos falsos y mudos, cada cosa de nosotros, hoy, en Él, es salvada. Reconciliada. Cada trozo de vida halla su sitio, la luz de Su misericordia nos recrea hombres, personas, y todo de nosotros recobra valor. Nuestra vida ha resurgido en un niño que resplandece en la humildad, y todo lo que es pequeño, insignificante, que no llama la atencion aparece como un prodigio. El secreto de nuestra vida se revela en un niño ofrecido en el Templo, lo mas precioso en lo mas pequeño y debil. Como Seimeon podemos hoy coger en nuestros brazos este Niño, que es Jesus encarnado en nuestra vida. Coger en nuestros brazos los fracasos, los miedos, las lagrimas, las angustias, las oscuridades, lo que no logramos entender y resolver; es justo en todo esto, en lo necio y reprochable segun los ojos de la carne que se asconde, y brilla la luz de la salvacion, la obra del Mesias, su rostro de misericordia. Es el mismo Espiritu Santo que nos ha conducido hasta el umbral de este dia, en la espera de una luz capaz de iluminar las tinieblas de nuestras historias. Los ojos de Simeon, ojos sencillos abiertos por la pura Gracia, como nuestros ojos hoy, frente a Cristo hecho niño para morar en nuestra pobre carne. Ojos llenos de Espiritu Santo para ver a Dios en toda nuestra vida. Ojos para poder ir en paz, porque cada nuestras contradicciones son apaciguadas en un Crío que es Dios y nos entrega Su misericordia. Hoy, y siempre, entre nuestras manos, la Vida y el amor infinito de Dios. Una espada traspasará nuestras almas, la prueba que hará de nosotros un manantial de misericordia. La misma espada que ha traspasado el corazon del Hijo ha traspasado el corazon de la Madre. La misma Gracia, el mismo amor, la misma mision. Así para nosotros, llamados a derramar misericordia y salvacion a todos los hombres.  

https://youtu.be/n4_mt6YAlUY  - Vídeo

 

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