ENTRAR EN EL CIELO, SI LO COMIENZAS A VIVIR AQUÍ EN LA TIERRA


FUNDADOS SOBRE LA ROCA DE LA FE DE LA IGLESIA COMO UN NIÑO EN LAS ENTRAÑAS DE SU MADRE

Hermanos, acabando el Discurso de la Montaña el Señor nos pone delante nuestras responsabilidades. Dice en efecto: "quienquiera escucha estas mis palabras", y aquí estamos todo nosotros, no cierto el mundo que no las escucha. Podemos escuchar superficialmente defendiendo nosotros mismos con un corazón doble, o bien humildemente, porque en nosotros crezca la fe hasta a cumplir obras de vida eterna, sobrenaturales, que la carne no puede realizar, entrando cada día en la voluntad del Padre que las palabras de Jesús nos indican. Para que un cristiano pueda "entrar" en la Jerusalén celeste, en efecto, tiene que haber vivido fielmente en la Jerusalén terrenal, inmerso en la sangre de Cristo colada sobre la "Roca" del Calvario. Entrará en Cielo quién, sobre la tierra, habrá vivido a los pies de la Cruz, "quedando" en el amor de Cristo que moja y lava, instante después de instante, cada culpa; quien habrá "fundado" su vida sobre la Roca del perdón, quedando humildemente agarrado a la esperanza y la fe en el amor de Cristo. "En aquel día", lo del juicio, nos será preguntado qué hemos hecho del infinito amor con el que le nos ha querido. "En aquel día" los santos, los cristianos humildes y desconocidos, no tendrán que exhibir otra cosas que pecados y debilidades, porque saben que el bien acabado es no obra suya. Pero justo aquellos pecados inmersos y lavado en la sangre de Cristo serán el pasaporte válido para entrar en el Paraíso.




Porque Cristo se conoce lo donde Él nos conoce: en los pecados dónde Él ha bajado para querernos. Los "muchos" que se apelarán a las obras cumplidas "en el nombre de Cristo" "en aquel día" demostrarán de no haber entendido nada: no "han conocido" a Cristo, impidiéndole de "conocerlos" en sus debilidades. Jesús ha dicho que la voluntad de Dios es que "conozcan" a El y al Padre ha mandado. En este conocimiento íntimo que es abandono sin reservas, se acoge y se cumple la voluntad del Padre. Por eso la puerta del Reino de los Cielos se asoma sobre el Getsemani. Aquí el vacío y presumido "Señor, Señor" es transformado en "Abbà, Papá, no como yo quiero, si no como tú quieresSeñor. Aquí se juega, día tras día, nuestro entrar en el Cielo. Así el "llevar a la práctica la Palabra" será un fruto de la entrega al Padre que haremos con Cristo cada día. No ejecutaremos la voluntad de Dios porque curas o monjas, o misioneros, o padres y madres casados en la Iglesia, si no porque "pobres en Espíritu, afligidos y hambrientos" que se entregan a Dios.

Uno puede "profetizar" y "cazar demonios", puede "hacer también milagros en el Nombre de Jesús" porque Dios quiere a cada hombre y por ésto también actúa por medio de quién no le es fiel; pero quedan profecías, exorcismos, milagros que socorren quién los recibe dejando fuera de la alegría y de la paz quien los cumple y no obedece a Dios. Porque en el Cielo entra quien el Cielo ha empezado a vivirlo sobre la Tierra cumpliendo la voluntad de Dios: esta es la "profecía" auténtica que los falsos profetas no anunciarán ni ejecutarán nunca; es "el exorcismo" que arranca a las personas de las tenazas del egoísmo; es el "milagro" que hace bajar el Cielo sobre la tierra. Nadie puede cumplirla está unido estrechamente a Cristo. Por eso todos escapan del sufrimiento y de la muerte; todos huyen horrorizados por la Cruz. Subir sobre ella es obra de la Grazca, de la vida divina recibida en el bautismo, crecida hasta a una estatura adulta por la iniciación Cristiana, y custodiada por la formación permanente con que la Iglesia acompaña a sus hijos.

El Discurso de la Montaña ha pintado el hombre nuevo renacido en Cristo, que vive sus días como una antelación del Paraíso, en la intimidad con el Padre que se encarna en la obediencia a su Palabra; los cristianos que se ofrecen con Cristo en el Gestemani, quedan crucificados con Él, para entrar en el Reino de Dios. Como tú y como yo, hoy. "Aquel día", en efecto, es cuando la mujer cansada y nerviosa se acerca, el hijo que ha perdido la brújula, el colega insoportable, cuando en el banco nos rechazan un préstamo, cuando algo nos parte el corazón y turba nuestros planes: la historia revelará donde hemos fundado nuestra vida. Por esto el Señor nos llama hoy a caminar en la Iglesia para volvernos "hombres sabios" en la "escucha" obediente que "pone en práctica" la Palabra. La Iglesia, en efecto, es la "casa construida sobre la Roca": en sus asambleas sus palabras son proclamadas y anunciádas, el Espíritu Santo baja copioso como el día de Pentecostés para conjugarlas en las muchas lenguas que hablamos, iluminando así nuestras historias pasadas y los hechos presentes para hacernos abrir y acogerlas humildemente; por los sacramentos las sella realizándolas en nuestro íntimo. Así podremos "llevarlas" a la práctica en la porción de mundo donde hemos sido llamados a vivir.

"Construir la casa sobre la Roca" significa entonces quedar en la Iglesia y dejarse conducir por ella, mientras que construir la casa sobre la "arena" significa "escuchar" las Palabras de Dios con un corazón doble que ha elegido de servir el dinero y el mundo. Pero ánimo, quedamonos firmes en nuestra comunidad, también ahora que el verano viene. Entonces "los vientos" de los pensamientos, de las tentaciones y de las palabras que nos dirán, "la lluvia" de los deseos mundanos que nos mojarán y nos parecerá de ahogar, "los ríos" de las adversidad, de las enfermedades, de las persecuciones se "abatirán" y "desbordarán" sobre de nosotros, porque todavía estamos sobre la tierra. Esperamonos pues las dificultades, porque tendrán que enseñar al mundo que nuestra vida está fundada en Cristo y "no cae", porque la Iglesia, desde dos mil años, a pesar de cuánto le haya sucedido, "no ha caído nunca" porque está fundada sobre la Roca que es Cristo, sobre su amor más fuerte de la muerte y del demonio. Al mundo, en cambio, bastan cuatro gotas de lluvia para hacerlo arruinar en derribos. Ánimo, Dios nos ha llamado en la Iglesia para que quienquiera nos encuentre pueda descubrirnos en nosotros la "casa" inquebrantable que los espera para salvarlos.


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