EN LA INTIMIDAD DE LA COMUNIDAD CRISTO ESCUCHA

P. Antonello Lapicca

Original sin correcciones.


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EN LA INTIMIDAD DE LA COMUNIDAD CRISTO ESCUCHA Y SACIA EL CORAZÓN DE NARCISO TRANSFORMÁNDOLO EN EL DE HIJO DE DIOS

El Señor nos llama a cerrar la puerta y buscar a nuestro Padre porque hoy su Palabra nos revela que estamos viviendo como huérfanos. Hemos perdido nuestra identidad de hijos y por eso nuestros pecados son los pecados tipicos de los huérfanos; la concupiscencia que nos empuja fuera de las tiendas como Esaù, cazando amor y sustentación donde no hay de ello, arriesgando así, en serio, la primogenitura y la felicidad auténtica. Muy a menudo vivimos proyectados fuera de nosotros mismos en la continua exhibición de nuestros sentimientos, de las palabras, también de las migas de bien que no nos pertenecen porque obra de la Gracia, y usando todo como flechas con que espetar nuestras presas: el amigo, la novia, el marido, la mujer, el principal, quienquiera sea. Es  el triunfo del narcisismo, peligroso. Un narcisista, como descrito hoy por Jesús, tiene un hambre insaciable de ser considerado, siempre está centrado en si mismo y no logra fijarse en las necesidades del otro; es neurótico con sus defectos, físicos, caracteriales, espirituales; de un lado no se acepta, del otro vive en los sueños de un niño, se ostina a exagerar los mismos resultados; es envidioso y siempre se espera que los otros lo consideren; tiene un sentido muy fuerte de sus derechos, porque, en el fondo, se siente especial. Por éso tiene dificultades enormes en las relaciones, que busca siempre de resolver en su favor. Así nos revelamos entre mentiras e hipocresías, las fotos retocadas subidas en Facebook y Twitter, siempre conexos, esperando un "me gusta" que llene el vacío inaceptable. Cuántas chicas, para no decir mujeres adultas, no saben resistir a exponerse en el mismo tablero. Es un modo perverso y solapado de "desfigurarse" la cara, justo mientras muestran ligeramente el nuevo corte de pelo o algo peor. Sea como sea, el exhibirse es síntoma de un malestar profundo, un auténtico "desfigurarse" el rostro que refleja el íntimo dónde deberíamos custodiar con pudor y respeto la santidad de nuestra alma. En el evangelio de hoy el original griego tiene un juego de palabras que deberíamos traducir así: "¿desfiguran la cara para figurar delante de los hombres": desde cuanto tiempo estas "desfigurandote" la cara para presentarte "melancólico" delante del otro para hacerle pesar que has "ayunado" sacrificando tu tiempo, tus programas, una tapa con los amigos, el partido de futbolín, para hacerlo contento? ¿No tienes en fin experimentado de haber ya recibido tu "recompensa", un tímido gracias, mientras de la consideración auténtica ni la sombra?
¿Cuántas veces has "tocado la trompeta delante de ti" para qué los otros se dieran cuenta de tus "limosnas?" Regalos para sorprender y para hacerse notar y querer; trabajo y estudio ostentados como el empeño en parroquia gritado con el megáfono, para que aquellos vagos de los otros feligreses sientan bien y aprendan como se hace; la coherencia con los empeños tomados y los servicios en la comunidad, recordados a cada ocasión para humillar los hermanos. Como ocurria en las asambleas de las sinagogas, dónde se recogian las ofertas para los pobres y quién ofrecia mucho era invitado a sentarse en un sitio de honor, cerca de los rabinos. Pero siempre "limosnas" eran, en el sentido despreciativo que a menudo se da a la palabra, entendiendo lo superfluo que no sirve; nunca que hayas metido de veras en juego tú mismo ofreciendo en el "secreto." No habrías tenido la "recompensa" que exige tu carne, la admiración y la consideración lista a evaporarse en un instante. Cuánto "ruegos" izados sobre espaldas rectas y embarcádas sobre voces hipocritas y poderosas, envueltas en palabras rebuscadas, esperando de ellas el cumplimiento de la propia voluntad. Esperamos ser canonizados gracias a las palabras, "panderetas que tintinean" como las "obras", los "ayunos" y las "limosnas" con que compramos los afectos, el prestigio y la consideración. ¿No somos así todos, como Narciso que estaba reflejándose cuándo ha caído en agua ahogando?
Pero Jesús está enamorado de los narcisistas, porque ve más allá de lo que querrían representar, y llega a su extrema indigencia. Para bajar hasta dentro de su realidad ha ayunado en el "secreto" del desierto para prepararse a la misión que el Padre le confió y combatir contra las insidias y las tentaciones del demonio. Ha ofrecido su vida en el silencio solitario del Getsemani, dando "limosna" de todo si mismo, teniendo "piedad y misericordia" según el sentido del original griego del término, en la pura gratuidad que olvida en el momento mismo en que se ofrece, justo como si la "mano derecha no supiera qué hace la izquierda." Por eso hoy Jesús nos llama a volver a un "secreto", a la habitación más íntima, "tameion" en lo original griego, que puede significar un almacén o una despensa o bien la habitación más interior, aquella menos apta a llamar la atención de los huéspedes, probablemente porque sin ventanas. Cerrar la puerta, y bajar donde no hay ventanas, y no se puede escapar... Imagen de una aptitud por fin sincera, donde regresar en nosotros mismos, con los ojos y la boca cerradas frente a las tentaciones de la concupiscencia, en una intimidad de hijos que todo esperan de su Padre. En el pudor al que estamos llamados, el oculto íntimo de una relación donde mostrarse sólo a nuestro Novio en el que hemos sido resucitado a la vida nueva de los hijos de Dios. Por esto, se ayuna como si en cada circunstancia estuviéramos celebrando la bodas con el Novio: se perfuma "la cabeza y lava la cara", testimoniando al mundo la alegría de ser unidos a Cristo, pero escondiendo en el "secreto" del tálamo del corazón el don total y el renegarse a si mismos, "porque los hombres no vean" y se "reciba así del Padre la recompensa" preparada para sus hijos. Es pues un ayuno que nos hace subir sobre la Cruz con Cristo, clavando la carne en su totalidad al amor auténtico que quedará un "secreto" entre tú y el Padre. Pues, en la extrema impotencia que supone la Cruz, la nuestra de cada día, aparecerán inconfundibles las "obras" hechas en Dios. Por esto se puede ser auténticos sólo en la Iglesia, dónde la indigencia es el carné de identidad de los bautizados. ¡En un hospital hay poco que esconder! Y quién lo hace desperdicia su tiempo, impidiéndole al médico de curarlo. Así estámos en la Iglesia, dónde somos iniciados a la fe por la cura de nuestro corazón enfermo porque huérfano: "He aquí el sentido profundo de la iniciación cristiana: engendrar a la fe quiere decir anunciar que no somos huérfanos" dice el Papa Francisco. Con amor ella nos anuncia hoy la aptitud del hijo que tiene un "Padre" en los Cielos, y por ésto es hijo de Dios: las "oraciones" con los "ayunos" y las "limosnas" son las señales con que les expresamos a Dios y a los hermanos nuestra pobreza y nuestra debilidad, para suplicar la fe que cumpla en nosotros las "obras" de vida eterna por las que hemos sido llamados a ser cristianos.
Dejamos de decir a todos lo que hacemos o soñamos con hacer. Cortamos con la apariencia y dedicamonos a la Verdad: "Una bonita palabra de la primera carta de san Pedro que en latín toca así: 'Castificantes animas nostras en oboedentia veritatis.' La obediencia a la verdad debería 'castificar' nuestra alma, y así conducir a la recta palabra y a la recta acción. En otras palabras, hablar para encontrar aplausos, hablar orientándose a cuántos los hombres quieren sentir, hablar en obediencia a la dictadura de las opiniones comúnes, es considerado como una especie de prostitución de la palabra y el alma. La 'castidad' a la que el apóstol Pedro alude es no someterse a estos estándares, es no buscar los aplausos, si no buscar la obediencia a la verdad" decia Benedicto XVI. En el "secreto" casto de la intimidad con Cristo, en efecto, se alimentan las relaciones adultas y cumplidas en la Verdad que es Cristo: se trata de la celda que tienes dentro donde son encerrados tus pensamientos y dónde residen tus sentimientos. Esta habitación de oracion ste acompaña en todo sitio, está oculta dondequiera vays, y en ella el solo juez es Dios", decia S. Ambrosio. ¿Quieres ser feliz en tu matrimonio? ¡Cuida ante todo la relación con Cristo! ¿Quieres educar a tus hijos? ¡Apartate a menudo en la celda de tu corazón y habla con Cristo! ¿Quieres tener paz en el trabajo, al cole, con los amigos? No olvides el "secreto" de tu corazón y trata de quedarte allí con tu Novio. ¿Quieres un noviazgo casto? ¡Entregate a Cristo! Así cumpliremos junto a la Iglesia su misión de Madre que, unida al Padre "en el secreto" de un amor incorruptible hecho de "oracion, limosna y ayuno", acoge a los huérfanos y los reengendra como hijos de Dios.



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