No podemos seguirle

https://youtu.be/m0bEekNt2RQ


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LEVANTADOS CON CRISTO EN LA VERDAD


¿Cuántas veces hemos buscado a Cristo sin encontrarlo? Muchas, porque lo hemos buscado en nuestras concupiscencias, mientras nos hicimos justicia, incrédulos que "Yo soy", Dios, es amor hasta al enemigo. No lo encontremos en las circunstancias que nos ponen delante de la misma elección impuesta por Pilatos a la muchedumbre revoltosa: "¿Queréis que libres Jesús o Barrabás?"; ¿la justicia humana basada en la violencia o el cordero de Dios que se carga de cada injusticia? ¿Cuándo por ejemplo en el despacho traman a tus espaldas, quién eliges? 


Aceptámolo, en aquel rincón de nuestro íntimo que nadie conoce, todavía pensamos que el camino emprendido por Siervo de Yawhè, el cordero mudo que no abre boca y se deja humillar hasta a ofrecer su propia vida, sea un auténtico "suicidio": "El Dios en cruz es una maldición arrojada sobre la vida, un dedo quitado a mandar de liberarle de ello" (F. Nietzsche). Cuando la historia interpone obstáculos al cumplimiento de nuestros deseos y proyectos nos fijamos en el crucifijo como delante de una maldición, y sentimos, irrefrenable, el impulso a liberarnos del sufrimiento. Elegimos a Barrabás y nos encaminamos sobre la senda opuesta a aquella de la Cruz. Hermanos, mucho de nosotros todavía pertenece al mundo y somos de aquí abajo, y por esto no comprendemos las lógicas de allá arriba.


Por esto Cristo nos dice que no podemos ir dónde él va. No podemos seguirlo en el camino de la Cruz, la absurdidad nos asusta, el dolor nos aniquila. Nuestra existencia parece basarse en las trágicas palabras del libro de la Sabiduría: "Nuestra vida es breve y triste; no hay remedio, cuando el hombre muere, y no conoce a nadie que libres de los avernos. Hemos nacido por casualidad y después seremos como si no hubiéramos sido" (Sab. 2, 1-2). 


Detrás de cada rechazo de la Cruz siempre hay la incredulidad cínica de quien no ha conocido o ha olvidado El que libres de los avernos: "si en efecto no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados." La tumba nos da miedo, y, si una lápida decreta el fin, somos condenados a luchar con todas las fuerzas para alejar el más posible la muerte. No aceptamos a los hechos y las personas que nos humillan y matan a nuestro hombre viejo y soberbio, y nos agitamos, buscando sin éxito razones y soluciones: la venganza no nos consuela, la justicia no nos calma, acaparrar todo para ofrecer cada cosa a nuestra carne herida no nos sacia. Y así "morimos en nuestros pecados" y vemos secarse las relaciones porque no sabemos contestar a la pregunta crucial: "¿Tú quién eres?".


Pero una vez más la Pascua se acerca para renovar el prodigio: los pecados en los que hemos muerto, los que se repiten día tras día como gotas que bajan de un grifo mal cerrado, "levantan" por nosotros Cristo delante de nuestros ojos. Esta es la absurdidad que puede transformar nuestra vida: en el amor sobrecogedor de Dios, el pecado se convierte en el instrumento para conocer y experimentar que Jesús es "Yo" soy", o bien Dios Omnipotente. Nuestras quiebras, los miedos, la Cruz que hemos preparado para Él constituyen el modo loco por medio del que Dios viene a nuestro encuentro para ofrecernos una roca sobre que apoyar nuestra fe: muertos en los pecados, en los pecados podemos encontrar la vida. La maldición que muchas veces han lanzado contra nuestra historia ha crucificado "Yo soy". Y Él se ha quedado allí, a dejarse "levantar", porque supo bien que sólo "entonces" lo habríamos reconocido. 


Mira bien tu vida, y cuenta cuantos juicios, cuantas mentiras, cuantas porquerías escondidas en el corazón te ha perdonado hasta a hoy. ¿Por qué todavía estás vivo? ¿Por qué hoy puedes escuchar de nuevo una Palabra que te llamas a conversión? ¿Por qué todavía tienes una posibilidad para no destruir completamente tu matrimonio o reconciliarte con tu hijo? ¿Por qué todavía hay una Pascua que te espera para resucitarte? Porque Jesus "no ha hecho nada por si mismo, si no como el Padre le ha enseñado y hablado" anunciándonos la verdad sobre nuestros pecados porque pudiéramos acoger su perdón con un corazón cada vez más humilde.


A diferencia de todo nosotros, ha "hecho siempre las cosas agradables al Padre", hasta a entregarse sobre la Cruz. Convirtámosnos entonces, y fijamos el crucifijo. No ha sido suicidio si no el don más grande; sobre aquella madera fueron escritos los pecados en los que hemos ido a morir, nosotros sí suicidándonos... pero si levantamos los ojos - que significa rezaar, ayunar, dar limosna, acercarse a los sacramentos, escuchar humildemente la Palabra de Dios, e ir a reconciliarnos con los hermanos - descubriremos a Jesús "levantado" al centro de nuestra vida para arrancarnos de las cosas de aquí abajo y enseñarnos a pensar en las de allá arriba . 


Justo dónde más duro es el sufrimiento y más fuerte es el deseo de evitarlo, experimentaremos entonces que Él es Dios, y que su amor es más fuerte que el pecado que nos esclaviza. "Yo soy" nos espera sobre la Cruz para hacernos "estar" con Él. Renegamos nosotros mismos y dejamos "levantarnos" con Él. Sólo entonces, en nuestra humillación por amor, quién hay cerca "sabrá" que Dios es amor, que en Él se puede recomenzar. Así, crucificados con Cristo, podrán "ir por fin dónde El nos ha precedido" para prepararnos un sitio, cumpliendo la voluntad de Dios. Al Padre, en efecto, es agradecida una familia santa, novios, padres e hijos que se quieren, como una comunidad cristiana que vive en la comunión, experimentando que con Cristo "no estamos nunca solos."


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