PURIFICAR LA MIRADA ENSUCIADA POR LA MENTIRA EN LOS OJOS DE FE DE LA IGLESIA

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PURIFICAR LA MIRADA ENSUCIADA POR LA MENTIRA EN LOS OJOS DE FE DE LA IGLESIA

La mirada surge del corazón, porque el hombre no es una sopa en la que los ingredientes son echados en desorden, si no que ha sido creado en la armonía: "el cuerpo no está junto al espíritu como algo de exterior, pero es la autoexpresión del espíritu, su imagen. Lo que constituye la vida biológica, en el hombre también es constitutivo de la persona. La persona se realiza en el cuerpo, y por tanto el cuerpo es de ello la expresión; en ello se puede ver la realidad invisible del espíritu. Del momento que el cuerpo es el aspecto visible de la persona, y la persona es imagen de Dios, el cuerpo es al mismo tiempo, en todo su contexto relacional, el espacio en el que lo divino se pone expresable y visible" (J. Ratzinger). Así era el hombre "al principio", en la voluntad creadora de Dios. Pero sabemos cómo satanas se haya rebelado a ella, induciendo en la misma soberbia a Adán y Eva. Sobre el umbral del pecado original encontramos la "concupiscencia", que leemos sencillamente con "deseo" en el evangelio. El término deriva del griego "epithymia", que significa literalmente "deseo, afán, ansia", y contiene, en la etimología, también una connotación de violencia, cólera, estallido de la pasión. Todos nosotros hacemos experiencia de la misma concupiscencia.

La soberbia, en efecto, es un cáncer que ataca las células buenas y sanas del corazón, lo vacía y nos deja hambrientos. Cómo Lúcifer, quién experimenta en su corazón el engaño persuasivo que engríe, se encontrará precipitado a tierra, con los estertores del hambre para saciarla que, con cólera, ansia y pasión, querrá apoderarse del otro, hasta a desear de poseerlo sexualmente. La lujuria, en efecto, siempre es la señal visible de la soberbia escondida. Cuándo Jesús dice "quién una mujer mira con concupiscencia, para desearla, ya ha cometido adulterio en su corazón", está sacando el velo de hipocresía que nos reviste. El adulterio "ya" ha sido consumado en un corazón enfermo, que, antes de cada mujer u hombre, ha "mirado" Dios con "ansia", envidia y celos, deseando de ello el lugar y el prestigio. Jesús no está hablando de hormonas, si no de un corazón herido por el pecado, dónde ya aloja la soberbia respecto a Dios. El demonio ha engañado a Eva induciéndola a creer que el mandamiento de Dios fuera una limitación de su libertad, una frustración de su personalidad, un impedimento a su realización. Y si Dios manda cosas malas e injustas significa que Él mismo no es bueno come se dice... Desde el momento que se acepta esta mentira cambia la mirada sobre Dios y, por consiguiente, los ojos empiezan a "mirar" las personas y las cosas de modo diferente, con el corazón envenenado; así Eva ve que "el fruto es bonito, es bueno para comer, y deseable", que es justo el modo de "mirar con deseo" una mujer de que habla a Jesús: "Ha cambiado el corazón y por lo tanto también cambian los ojos. En el momento en que yo digo que Dios es malo y me pide cosas que no son para mi bien, entonces las cosas prohibidas se ponen bonitas y deseables, yo no puedo más reconocer por lo que de veras son. Ya no sé entender que es que me hace mal... "¿Y por qué nunca no debería hacerlas? ¿Qué mal hay?" (B. Costacurta).

Por est, en el Discurso de la montaña que anuncia la comunidad de los renacidos con Cristo y "fotógrafa" el Reino de los hijos en el Hijo, no hay espacio por el sentimenralismo. En la Iglesia, los hermanos de Jesús, renacidos en las aguas del bautismo, viven cada día un combate espiritual contra las insidias de la soberbia y el demonio que querría cerrar los ojos sobre la Verdad y sobre Dios para abrirlos sobre la mentira. Cuando en un Estado o una empresa o una familia se gasta sin discernimiento, hace falta intervenir drásticamente, para no morirse de hambre. Ahora bien, la mirada posada por el deseo concupiscente sobre una mujer es un gasto irrazonable que fiscalía inevitablemente una deuda inextinguible. La concupiscencia, en efecto, es como una tarjeta de crédito sin garantías de cobertura, una pura mentira. Mueve las hormonas, riza la piel, echa el desbarajuste en la carne hasta a aneblar cabeza y corazón. Pero, efectivamente sólo es vanidad como todos sus efectos, efervescentes cuanto se quiera, elevados a derecho de esta necia sociedad, pero borrosos del humo de que son constituidos. La concupiscencia es la corrupción que se apodera territorios incorruptos del hombre, debilitándolos y pulverizándolos poco a poco: "¿Se puede llevar el fuego sobre el pecho sin quemarse los vestidos, o caminar sobre el ascua sin quemarse los pies? (Pr. 6,27-28). Cuánto miradas manchadas... Y, con el corazón ya borracho, tropezamos sobre los imprevistos, cólera y nerviosismo estallan delante de las adversidades. Una mirada impura, lujuriosa sobre una mujer, o llena de juicio sobre un hijo, o de rencor sobre un colega, mancha un día. Todo se pone pesado, buscamos la paciencia y no la encontramos.

Y pagan mujeres, maridos, hijos, colegas, amigos. Y luego repudios, adúlterios consumados o sólo pensados, o bien infidelidad al amor, que es repudio de la cruz. Pequeños actos de repudio de quién hay cerca, de su carácter, del suyo pensar, del suyo actuar. Es necesaria entonces la purificación de la mirada que se cumple en el camino de conversión que abre poco a poco los ojos sobre la verdad y la belleza. Eso ocurre cuando "miramos" a la persona que hay de frente: en ella hay Cristo, pero tenemos que reconocerlo para contemplarlo intensamente y acogerlo en el amor y en la fe. Si nos paramos a una primera mirada de pasión, esta se adueña de los ojos, de la mente y de la carne, haciendo del otro el objeto de nuestro deseo. En cambio estamos llamados a convertir nuestra mirada en contemplación, porque cristo siempre nos mira así: en sus ojos nosotros también podemos "mirar" a cada persona, imagen de la belleza que nos es dada para contemplar y conocer Cristo atravieso de ella.

Quien la mira con concupiscencia ya ha cometido adulterio en su corazón, es decir traicionando su dignidad. No se puede desear con concupiscencia y en el mismo tiempo ofrecerse con amor en la gratuidad, pena la esquizofrenia. El adulterio, en efecto, es el pecado que nace de la esquizofrenia espiritual, que desata de la unidad "ojos y manos" haciendo orquestas irresponsables de ello y esclavos de la pasión, a servicio de la iniquidad. Por éso hace falta purificar podando, cortando las ramas secas y echándolos lejos de nosotros". No se pueden hacer compromisos, nos espera la Tierra Prometida, la vuelta al Paraíso, y estamos llamados a enseñar de ello el camino a esta generación. La única medicina son entonces los clavos empapados de amor del Señor crucifijo, sus llagas gloriosas: necesitamos que cada día Cristo, nuevo Adán, nos rescate de los avernos de nuestra concupiscencia, para liberarnos y donarnos su naturaleza. Para vivir, en las tentaciones, con su poder sobre la mentira. Caminamos entonces en la Iglesia, dónde purificar nuestra mirada para aprender a mirar con los ojos puros de la Virgen Maria delante del ángel que le anunció la gran Noticia. Aprender la mirada inmaculada de la fe que sólo en la comunidad cristiana es donada. En ella en efecto la Palabra y los sacramentos obran la circuncisión del corazón y la mente, de la mirada y de la carne por medio de la iniciación cristiana, la formación permanente a la fe que nos prepara a vivir como cristianos adultos, que saben "fijarse" en la misma cruz, la de hoy, como al "corte" que da vida.

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 P. Lapicca

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