Miércoles de Pascua - Emaús

Comentado por P. Antonello Lapicca

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CRISTO RESUCITADO ALCANZA CADA NUESTRO PASO NECIO E INCRÉDULO PARA CONVERTIRNOS CON SU AMOR

El episodio de los discípulos de Emaus es una palabra de Dios que nos ayuda a comprender la profundidad del Misterio Pascual, cuyo fruto no es un cambio de la realidad si no ojos nuevos sobre de ella. Como la mirada de los dos discípulos, abierta poco a poco por la escucha y gracias al camino con Cristo resucitado que los alcanzó justo sobre los pasos que los alejaron de Jerusalén, el lugar de su resurrección. En las "siete millas" que separavan Emaus de Jerusalén se ha cumplido su Pascua  como se puede cumplir en las "siete millas" que hemos recorrido desde la noche de Pascua hasta a hoy, volviendo al trabajo, a la escuela, a la rutina de ser tristemente alejados desde aquella experiencia. En cambio se trata de la purificación decisiva: "Nosotros esperamos que fuera él a liberar Israel." Aquel de los dos discípulos es el camino del amor decepcionado, el cumplimiento saboreado y arrancado fuera, que imprime la tristeza sobre su rostro, la que Santo Tomas de Aquino define como la espera de un bien ausente. Si Cristo es ausente, todo se pone triste. ¡En el discutir de los dos descubrimos nuestra incapacidad de dar un sentido a los acontecimientos de dolor y a quiebra de nuestra vida, a pesar de la Pascua celebrada. Porque hemos esperado mal, en una liberación que estableciera el Reino de Israel, algo de muy humano y razonable cuando se vive apretados por el yugo de una dominación extranjera. Hemos esperado que Jesús nos diera la razón en familia, al trabajo, en todo sitio donde aparece la injusticia de quien quiere apoderarse de nuestra vida. Qué hiciera justicia de nuestras razones, aquellas más santas y nobles obviamente, desmintiendo aquellas de los otros; y así cambiar las situaciones y las personas más molestas. Y en cambio nada, más bien, Cristo ha dejado que la injusticia lo agarrara hasta a crucificarlo y a hacerlo descender en una tumba. Y ya son tres días desde cuando, por la enésima vez, la injusticia ha triunfado decepcionando otra esperanza.

Por eso muchas veces tampoco la predicación es suficiente, como fue para los discipulos el anuncio de las mujeres que han visto los ángeles y el sepulcro vacío; demasiado debiles los indicios para quien ha olvidado y no comprendido las palabras de los profetas y de Jesus mismo; aquel hablar queda oscuro porque para nosotros la prueba de su resurrección debería consistir en el cambio del modo de hacer del marido, o que la gente se dé cuenta de estar equivocada. Qué Pedro y Juan hayan corrido al sepulcro y nos digan que a El no lo han visto, nos importa poco, porque queremos verlo cumplir lo que nuestra necedad cree sea justo. Queremos ver a Jesús realizar nuestros criterios mundanos, no nos interesa otra cosa.

Obvio que, recargado por las mentiras del demonio, nuestro corazón se haya puesto "lento" en discernir, mientras los ojos sean incapaz de reconocer Jesús en persona que se ha acercado a nuestra vida y camina con nosotros. Más bien, su hablar y sus preguntas celadas en los hechos y en las personas, como en las palabras de Verdad de la Iglesia, casi nos fastidian, nos parecen hasta ironicas. Jesús nos aparece en efecto como lo único así extraño a nuestros pensamientos de no saber lo que ha nos ha ocurrido... ¿No lo sentimos lejos de nuestras necesidades y de nuestros sufrimientos por los que no ha hecho nada? Nosotros esperamos que nos sacara la razón del dolor y la frustración, y en cambio es como todo y peor que antes. Estamos todavía convencidos que la causa de nuestros sufrimientos sea fuera de nosotros, por esto nos es imposible creer al amor y a la victoria de El que no ha cambiado la realidad. 

Pero Jesús no está lejos, justo cuando no lo reconocemos y la fe es mas debil, su amor infinito lo empuja llevandolo hasta nuestra vida y Él sí que nos reconoce. Jesús sabe lo que le ha sucedido, y sabe que, incluso desde siempre en la Iglesia, no hemos comprendido todavía el sentido profundo de las Escrituras: los acontecimientos de Jerusalén en los días más santos de la historia, los que han quebrantado la esperanza de los dos de Emaus, lo concernieron porque les concernien a cada hombre! ¡Todo ocurrió para nosotros! Jesús no es tan forastero en Jerusalén de no saber, más bien; fue Él que, justo en la muerte y en el sepulcro, se hizo el más próximo a ellos, al punto de dilatar la realidad de su Pascua hasta dentro de su realidad de necia y dura incredulidad. Al punto de transformar cada nuestro día de desilusión, tristeza y sufrimiento en el mismo primer día de la semana.

Cada día puede ser Pascua, también hoy, porque dónde la Gracia que arde el corazón abre los ojos para reconocer a Jesús, todo aparece transfigurado. Ánimo entonces, porque justo cuando surge la incredulidad, a la cumbre de la frustración y la desesperación, empezando de Moisés y de todos los profetas, Jesús nos habla explicándonos en todas las Escrituras lo que se refiere a El. Cuando la historia, humillando nuestro yo orgulloso y caprichoso, nos abre un poquito el oido, Jesús empieza a anunciarnos el Evangelio por medio de a predicación de la Iglesia. Nos espera, porque sólo cuando descubramos nuestro corazón endurecido por la mentira Él podrá abrirlo a las Escrituras, desvelándo en ellas su amor infinito: "¡tuvo que" sufrir, "tuvo que" morir para resurgir y rescatarnos! También nuestra historia tuvo que ser y tiene que ser tal como es, porque cada instante de ella se refiere a Cristo como a una preparación al cumplimiento de su Pascua. Porque, descubriéndote a un pobre mendigo de misericordia, tú puedas suplicar a Cristo de "quedarse contigo", con tu familia, en la noche que está a punto de cogerse tu vida. No importa si todavía no lo has reconocido. Escucha hoy la predicación y deja abierta a ella una grieta de tu corazón: es tu modo de decir a Jesús de entrar contigo en la "aldea" donde te has amparado para escapar de la Cruz y poder llorar tu desilusión. Es justo allí que Jesús quiere hacerse una carne contigo, dónde tú estas hoy. Pero atento, porque si no lo haces llega la noche... La vida es seria, y Jesús pasa, nunca queda parado como los ídolos. También hoy está haciendo como para ir más lejano... Animo, puertate como la novia del Cantar de los Cantares: llámalo, suplícalo de no irse, de no pasar sin levarte con Él. Pidele de quedarse en ti para enseñarte a quedarte en Él. 

Como anuncia el Apocalipsis, Él entrará y cenará contigo, en tu comunidad cristiana llegada hasta a los confines de la tierra, donde hayas escapado escandalizado por la Cruz. Porque la gran noticia del Evangelio de hoy es que también quién se aleja cogido por la incredulidad y el escándalo por el sufrimiento es en todo caso parte de la comunidad cristiana. También quién camina en dirección opuesta es alcanzado misteriosamente por Jesús que transforma, con su presencia, aquella calle que divide en un camino de conversión. Él es junto a quien escapa, sin juzgar, con la paciencia del amor auténtico, que poco a poco, como ocurre en la Misa, con el anuncio de la Palabra conduce los desaparecidos al encuentro con Él en el Sacramento de la Vida. A este punto será natural volver sin demora hacia la comunión de la Iglesia. Ánimo entonces si hoy estás escapando enfadado con Dios y con los hermanos; o si está escapando tu marido o tu hija, Jesús no abandona a nadie, más bien, extiende la voluntad del Padre hasta dentro de la mugre de quien le ha rechazado, como le ocurrió al hijo pródigo. También él tenia hambre como los dos de Emmaus asustados frente a la oscuridad que los agarrava: también ellos como el chico de la parábola han regresado en si descubriendo que el corazón ardia por lo único que los quiso de verdad; lo único capaz de partir su carne para entregarse a ellos sin reservas. He aquí la inteligencia de las Escrituras, he aquí el sentido de la Pascua: vivirla con Él cada día, porque sólo el amor con el que se entra en la historia entretejida de injusticias puede redimir a las personas que hay cerca. No fue el Reino de Israel victorioso sobre el imperio de Roma si no el Reino de Dios en el corazón de cada hijo de Israel que se convertiò. La victoria de Cristo en nosotros porque nuestra vida sea un paso en los acontecimientos unidos a El, en su amor que supera la muerte. Para partir sin demora y volver en la historia que no comprendimos y de la cual hemos huido, para caminar junto a cada persona anunciando con celo y paciencia el Evangelio, porque Cristo haga también arder su corazón en su amor.

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