Martes de Pascua



Comentario por P. Antonello Lapicca

CADA LÁGRIMA DERRAMADA ESCONDE EL DESIDERIO DEL ESPOSO

Cristo viene a nuestro encuentro por medio de sus ángeles vestidos de resurrección, imagen de los apóstoles que con la predicación alcanza el fondo más oscuro de nuestros corazones. Ellos se encuentran en el lugar exacto dónde Jesus fue depuesto, casi a describir el perímetro de su existencia terrenal ya transformada; sentados donde fueron la cabeza y los pies de aquel cuerpo escapado a la presa de la muerte, sobre el umbral del abismo que está a punto de undirnos en la desesperación, los ángeles nos sacuden para despertarnos: "¿mujer, por qué lloras?". ¡Mujer, que es decir alma, "toma en mano tu vida de hoy, tal como es, y mirala bien y búsca la raiz el de tus lágrimas!". Ella amava a Cristo, pero su amor como cada amor humano, era destinado a volverse lágrimas, dolor vehemente de un corazón que no puede ir más allá de aquella piedra.

La resurrección que arranca de la corrupción lo que pertenece al hombre es impensable porque no está en el Dna de la carne. La experiencia que llevamos dentro es aquella del límite intransitable que señala la muerte: la que sigue, ineluctable, una traición por ejemplo. La pregunta de los ángeles despierta la cuestion más profunda, la necesidad de saber porqué hoy somos aquellos que somos, sufriendo lo que sufrimos. Como un escrutinio, fundamental en cada iniciación a la fe, resucita ante todo en nosotros la verdad o bien la fuerza y la prepotencia de la necesidad de sentido y plenitud para nuestra vida. Por ésto es necesario estrellarse con una tumba vacía. Es decisivo sentirse solos, casi traicionados por el Esposo, tal como le ocurre a la novia del Cantar de los Cantares.

¿Pero ánimo, por qué aparece el Esposo justo dónde pensamos que ya no estaba, y nos habla añadiendo a la pregunta de los ángeles aquel "Quien buscais?" que nos desvela el manantial originario de nuestras lágrimas. Aquel "quién" nos dice que nuestras lágrimas son para Él, y es el primer paso para salir de nosotros mismos, del egocentrismo que nos agovia. Son lágrimas de amor, aunque todo nos diga lo contrario; a pesar de los pecados desvelados y la carne que querría agarrarlo todo. No, las lágrimas con las que nos acercamos a la tumba, aunque revestidas de pura carne, ocultan un amor invencible, aquéllo depuesto por el Padre en nuestro corazón.

¡Así empieza el camino que nos hace a novias del único Esposo! ¡Todavía tenemos en el corazón a "mi Señor!", por eso lloramos de dolor redoblado sobre nosotros mismos sin saber que aquellas lágrimas son los destilados de la alegría más pura, revelan el amor que espera de encontrar su Amor, celeste, más fuerte que la carne y del pecado. ¡Todas las lágrimas derramadas por cada hombre esconden el deseo del Esposo!

Pero para descubrirlo es necesario un parámetro nuevo que no nos pertenece; para reconocer Cristo que ha superado los vínculos de la carne hace falta una señal que nos empuje más allá de nuestros límites; un anillo que junte nuestra realidad a su realidad; una llave que abra en nosotros la puerta para entrar, exactamente como somos, pobres, débiles, precarios y limitados, donde ahora está Él, o sea en el Reino celeste. Hace falta un indicio que hable al corazón y abra los ojos para reconocer que es el mismos Jesús aquel que aparece en aquella presencia nueva y sorprendente, al punto de ser intercambiada para el jardinero. Hace falta que nos llame asi. Un camino por la carne para superar la carne, sin olvidar la carne. La experiencia de Maria y los discípulos atraídos por Cristo resucitado en su Misterio a Pascual, en la dinámica que lo ha hecho pasar del viernes, por el sábado, hasta a la aurora del domingo.

Es el momento decisivo: "¡Maria!". La voz de Jesús que la llamó por nombre fue único, porque ningún jardinero habría podido llamarla así. ¡Es Él, el Maestro de mi corazón! ¡Es Él, me ha explicado el amor, y ahora me enseña que es eterno! ¡He aquí el parámetro que nos hace acoger lo imposible: ha resucitado! Sólo El puede llamarme así, sólo El me conoce así: ¡Maria! Aquel nombre en aquella voz fue toda su historia, su íntimo, cada centímetro, cada segúndo. El perdón se hizo de nuevo una cosa viva: en aquel nombre el Señor le entregava la certeza que nadie se llevó aquel amor; y que la tumba ya no era el lugar dónde irlo a buscar para revivirlo en el recuerdo y en el dolor.

¡Maria puede reconocer el Maestro resucitado en élla misma, en "Maria!" llamada a la misma vida del Amado. Porque ella misma se volvió una nueva creación que la unió indisolublemente al Esposo. Y hoy el Señor aparece también a nosotros, llamándonos por nombre por medio de su Iglesia, en la que podemos experimentar el nacimiento a una vida nueva en el amor que supera las barreras de la muerte. Aunque la carne se hace viva y querría "retener" a Jesús para que se "mi Señor", ya no es como antes. En la nueva creación de los hijos de Dios en efecto, nadie vive por si mismo. ¡Tampoco el amor de Cristo! Viven para el Esposo que ha muerto y ha resurgido para ellos, y que los empuja en la urgencia de anunciar a sus hermanos su resurrección. La Pascua de la bodas con Cristo es el éxodo que agarra nuestra vida para hacernos libre del egoísmo de que se alimenta el amor carnal del hombre viejo. Ya no es "mi" Señor si no el Señor de los "hermanos", hijos todos del "Padre" suyo y nuestro. La Iglesia casada con Cristo, en efecto, se entrega en el Novio a cada hombre por la salvación del mundo. Es libre de veras, no teme la muerte porque nada podrá separarla nunca de Cristo y de su amor.

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