Lunes de Pascua

Comentario P. Antonello Lapicca
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GRITA LA ALEGRIA DEL ESPOSO

¡Grita la alegría! La "alegría grande" de las mujeres encuentra la Alegría infinita, El que, venciendo la tristeza y el dolor, se ha vuelto Él mismo en alegría pura, sustraída a la contaminación de la corrupción del sepulcro. Jesús viene encuentro a las mujeres, y es un corte explosivo: "¡Alégraos!", la misma invitación dirigida por el arcángel Gabriel a la Virgen Maria ahora llega a los primeros testigos de la resurrección, (según el verbo usado por Jesús en lo original griego idéntico a aquel de la anunciación). Y el mismo estupor y temor delante de aquellas palabras y a aquel acontecimiento inesperado. No conoció a hombre Maria, y el hombre Dios ha engendrado. Nadie a volcar la piedra del sepulcro y una victoria que vuelca cada piedra y hace de cada sepulcro la puerta abierta sobre la vida que no muere. Frente a todo esto no pudo ser que la alegría la única respuesta de las mujeres, exactamente como la de Maria. También la de cada uno de nosotros, inmerso en la incertidumbre frente a las muchas piedras que sellan nuestros sepulcros. ¡La piedra que cargó sobre nuestro corazón ha sido volcada por Cristo! La Iglesia lo ha anunciado en la noche de las noches, y, nutridos en el sacramento de aquella carne y aquella sangre liberadas de la muerte, hemos vuelto de carrera a nuestra vida, "con alegría y temor", a anunciar el milagro ocurrido en nosotros. 

Alegría y temor constituyen el fondo de la misión de la Iglesia. El estupor tiene que sedimentar, bajar, pasar a ser conciencia y certeza; por esto el estupor necesita un camino; más bien, el camino es justo el "temor", el balbucir pasos a la búsqueda de las huellas que sellen en el corazón lo que hemos visto y oído; el camino en la Iglesia, donde caminar para encontrar cada día Jesús. En efecto, aparece El aparece sobre en el camino de la misión a hacia Galilea, el más allá de la evangelización. No se puede parar, pena la putrefacción. La Galilea de las gentes, los lejanos, los que no conocen el estupor y la alegría, que no han visto Cristo vivo. Nuestra personal Galilea de cada día, al que estamos enviados a ir para ver su rostro. ¡Aunque en apariencia nada ha cambiado, nada es más como antes! Podemos "ceñir" a sus pies como la pecadora perdonada, y podemos "adorarlo": eso significa concretamente que, sobre las sendas de cada día, aparece Cristo resucitado, y es ya el Reino de los Cielos, y nosotros somos acogidos como sus ciudadanos. Hoy Cristo aparece a casa y al trabajo, a la escuela y en el condominio: por ésto podemos perdonar lo que ha sido hasta a hoy imperdonable; podemos servir y humillarnos delante de los de que nos hemos sentido superiores; podemos cargarnos de los pecados de quien siempre hemos juzgado; podemos abrirnos a la vida, ser sinceros, obedecer; podemos adorar Cristo en Espíritu y Verdad porque, por fin, podemos amar.

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