Domingo de Pascua

Comentario P. Antonello Lapicca

UNIDOS AL ESPOSO EN LA INTIMIDAD DEL SUDARIO QUE NOS TRANSFIGURA

Hoy, Dios nos quiere donar ojos nuevos para mirar las señales y "empezar a creer." Ellos son parecidas a aquéllos ofrecidos en la gruta del sepulcro "las fajas extendidas" como un mar calmo después de una tempestad específica un exegéta, y "un sudario no posado allá con las fajas, si no envuelto en un lugar aparte." "Corremos" entonces sin demora como Pedro y Juan envadidos por el estupor de Maria; corremos obedeciendo al anuncio de la Iglesia y no tememos de "entrar" en el "lugar" que la predicación nos ha indicado. Para "ver y creer" que es verdadero el anuncio que hemos escuchado esta noche, es necesario ir y caminar junto a quien son imagen de la comunidad. Y, como Juan, llegar sobre el umbral tenemos que esperar que Pedro, o bien los sacerdotes y los catequistas, nos confirmen en la fe para no caer en la sensiblería de un cristianismo superficial. Ánimo, también nosotros como Juan, sentados a la mesa con Cristo en la Iglesia, mientras lo escuchamos y nos alimentamos con sus sacramentos, podemos reclinarnos sobre su pecho, hasta dentro de su amor más fuerte del pecado, para aprender a "inclinarnos" hasta dentro del sepulcro en el que ha destruido la muerte. 

Unidos a Pedro y a Juan, podemos bajar los peldaños de la humildad para entrar en el sepulcro que es también imagen de la pila bautismal. Es el camino de los apóstoles y de cada cristiano que no acaba en el día de Pascua, si no que desde este día ve el alba de un nuevo principio. Porque la Pascua significa "pasaje", y es aquel de toda la vida, para llegar a deponer cada día el vestido del hombre viejo y revestir aquello resplandeciente de vida del hombre nuevo. Las "fajas" y el sudadero que nos han envuelto exánimes, los hechos de la historia manchados por el pecado, nos hablan testimoniando que justo hoy es el "primer día" de la vida nueva en el que el Dios nos atrae. Ella pero no revuelve la anterior, si no que la cumple en el perdón según un orden nuevo que no conocemos.

Sobre aquellas "fajas" y sobre aquel "sudario" tenemos que apuntar la mirada: nadie habría podido substraer el cuerpo de Jesús y dejarlos de aquella manera, como nadie salvaría nuestra vida sin destruir con desprecio lo que no queda bien. Un exegeta italiano afirma que aquellas "fajas" estuvieron "intactas, no forzadas, "no soltadas." Por esto "ellas constituyen la primera huella de la Resurrección: fue en efecto absolutamente imposible que el cuerpo de Jesús hubiera salido de las fajas, sencillamente reanimado, o que hubiera sido extirpado, sea de amigos que de los hostiles, sin desarrollar aquellas fajas o, en todo caso, sin forzarle en alguna manera." En la Iglesia, cuando experimentamos nuestra resurrección, o sea en el bautismo y en todo nuestro camino de conversión, ocurre justo así: nuestra vida es curada con paciencia, las heridas son saneadas poco a poco, sin tirones, sin moralismos y exigencias, si no con la dulzura, el respeto y el poder suave de la Gracia. 

Y es justo esto el indicio que Dios nos deja a todos: la boda, el trabajo, los amigos, nuestras cosas todavía estan todas con nosotros, pero, delante de los ojos de la fe, aparecen en una luz nueva. El cuerpo resucitado de Cristo, en efecto, resbala entre las vendas con dulzura, transfigurándolas con su huella gloriosa, otorgando a nuestra vida un orden nuevo que ningún hombre tiene el poder de dar. El orden del amor. Ánimo entonces, porque este día de Pascua nos anuncia que nuestro pasado no es un peso más que sacudir, un rincón oscuro de olvidar, si no la "señal" del pasaje de Cristo en nuestra vida como una profecía para cada día que nos espera. ¡Toda nuestra vida es una sinfonía de amor porque señalada por el Misterio Pascual de Cristo! Y como aquellas fajas y aquel sudario se han vuelto por la Iglesia una reliquia preciosa venerada como el testimonio del paso real de Cristo en la historia de la humanidad, también cada acontecimiento de nuestra vida será para nosotros y para quién hay cerca, la señal de su amor incorruptible que no nos ha abandonado nunca. Una señal para venerar y no para echar.

Feliz Pascua entonces, buen camino al descubrimiento del sudario que estuvo sobre "la cara de Jesús, no distendido con las fajas, si no al revés envuelto en una forma única" según la traducción que creemos más congrua. Ello en efecto, fue envuelto en el mismo modo en que envolvió cara de Jesús, pero en una posición tan especial, única, que ha inducido Juan a creer. ¿Cuál posición? ¡es justo lo que esta Pascua quiere hacer descubrir en nuestra vida! Esta Pascua nos llama a entrar en nuestra historia para "ver" resplandecer en un modo "único" el rostro de Cristo resucitado imprimido concretamente en nuestra vida rescatada y transfigurada por la luz de su Pascua. 

Feliz Pascua entonces, Feliz paso con Él, desde el pensamiento agobiador a las cosas de aquí abajo en busca de una imposible felicidad, al pensamiento de las cosas de allá arriba, dónde Cristo resucitado se encuentra, la única felicidad auténtica, ya aquí, ya ahora. Las cosas de allá arriba, cuyas primicias estan sembradas en las huellas luminosas de Cristo que nos conducen en la Pascua de cada día en el amor. Este amor no es nunca rutinario, si no un entregarse de modo siempre nuevo y diferente, como Él ha hecho y hace con nosotros. 

Feliz Pascua a todos nosotros que pensamos de deber untar con nuestro perfume el cuerpo muerto de Cristo; a nosotros que tratamos de adornar nuestra vida dándole sentido con nuestra razón y nuestros esfuerzos, quedando pero sobre el camino que nos conduce a la tumba de cada cada esperanza. Feliz Pascua a la novia que por fin ha encontrado a su Novio, y ha sido seducida por el perfume dulce y delicado de su amor más fuerte de la tumba. ¡No está aquí, ha resucitado! Se ha casado con nosotros, y ahora esparce de la intimidad desde nuestra vida, desde los pensamientos, desde las miradas y desde nuestra carne su perfume celeste. Feliz bodas pues, que nos unen a Cristo en la intimidad del sudario que no ha podido retener la vida que no muere, en nuestra historia de cada día, señal y testigo creíble de su resurrección mientras esparce el perfume del Esposo, el amor hasta al final ofrecido a todos.

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