Martes Santo

Te invito a meditar esta palabra. Jn 13, 21-33, 46-37

P.Antonello Lapicca

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RECOSTADOS SOBRE EL PECHO DE JESÚS' ECHAMOS CADA ANGUSTIA EN EL HORNO DE SU AMOR

Jesús lo supo todo. Supo quien y como lo habría entregado, y no hizo nada para cambiar los acontecimientos. El mundo y nosotros en ello, haríamos de todo para saber en antelación, no digo los números de la lotería, por lo menos lo que se refiere a los asuntos sentimentales, el futuro de los hijos, el epílogo de historias enredadas. Pertenece a todos el deseo de apoderarse del futuro para manipularlo según los propios proyectos de felicidad. Querríamos saber, para regularnos, para hablar, para arreglar, para no equivocarnos; para no morir. En cambio Jesús sabe y no hace nada. Más bien, Él conoce el destino que lo espera y, por el crisol del Getsemani, allí entra sereno, sin decir palabra, como quién ya ha vencido. Fue consciente que su vida no tenia otro sentido y dirección que Jerusalén, el Golgota y el sepulcro dónde "glorificar al Padre" pasando de la muerte a la vida.

Supo porqué llevava sellado en el corazón el secreto del Padre, el amor que llenava aquella voluntad, que a la carne aparecia tan cruenta. Jesús supo de ser Hijo de Dios, y ésto era todo: la voluntad del Padre fue la suya, y fue amor para que nadie se perdiera. Cómo Abraham e Isaac, "los dos se miravan a los ojos" como en un espejo, porque tuvieron el mismo corazón, la misma mente y el mismo Espíritu.

Exactamente lo que falta a nosotros, que nos contemplamos narcisísticamente en lugar de fijarnos en el Padre. Por eso, tristes e insatisfechos, estamos obligados a dar cada día un sentido a la marcha de la vida, esforzándonos de cambiar de ello la orientación cuando no es segundo nuestros proyectos. Nos ilusionamos de establecer la meta, trazamos por consiguiente el recorrido, olvidando pero quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos yendo.

Pero ánimo, porque hoy, junto a Jesús, aparece, con "la cabeza recostada sobre su pecho", la figura del "discípulo que Él amava". Tú y yo: su dulzura, su ternura infinita, su mansedumbre frente a la historia que lo conduce a la muerte, su amor, nos atraen a si, en la profundidad de su corazón. La luz para nuestra vida, en que comprender de ella el sentido y discernir el camino, es la luz de Pascua que surge de su corazón desgarrado, imagen del sepulcro abierto sobre la vida y definitivamente cerrado frente a la muerte. 

Estamos llamados a deponer nuestra mente sobre el corazón de Jesús como un cuerpo en el sepulcro, como un catecúmeno se hunde en la piscina bautismal: "Secuestre, te ruego, o Señor, la ardiente y dulce fuerza de tu amor mi mente de todas las cosas que estan bajo el cielo, para que yo muera por amor de tu amor, como tú te has dignado morir por mi" (San Francisco). Jesús nos llama hoy a dejar que los pensamientos, los proyectos, los criterios, aun que fueran los más santos y razonables, sean absorbidos en el fuego de su corazón, para verlos transformados en latidos de amor; pero nada de desmelado y sentimental, si no el amor auténtico y hecho carne en la vida que "muere por amor del amor" de Cristo; el amor que ofrece la mente a las espinas de su misma corona, para no olvidar el dolor de los pecados que siempre surgen de un pensamiento mundano, y tener despierta la memoria de su misericordia. 

"Reclinar la cabeza sobre el pecho de Jesús" significa entrar en el cofre de su íntimo, dónde está custodiado el sentido de cada acontecimiento, también el más banal. Porque el "corazón habla al corazón" (Card. Newman), y sólo quién escucha puede acoger de ello los tesoros. Sobre el pecho de Jesús, todo en nosotros es santo, tal como es, no tenemos que tocar nada; nada que sacar, nada que añadir.

Pero cuidados eh, se trata de un peligro en acecho para todo nosotros. Judas, en efecto, es la imagen de aquellos, cerrados los ojos a la luz del amor, se meten "en la noche" de la justicia humana que no conoce misericordia. Atentos entonces, porque Judas o bien el espíritu malvado e incrédulo del demonio, nos busca en la noche de este mundo: está en el despacho, al cole, quizás en familia; en una traición, en el desprecio, en la soledad. O en las enfermedades, en las dificultades, en las quiebras y en la precariedad. Nos espera sobre todo con su risa sarcástica socarrona, cuando nos descubrimos pecadores, incapaces de querer, un bloque granítico de orgullo y soberbia; es entonces que, tomando ocasión de nuestra debilidad, nos induce a dudar, más bien a desesperar y a despreciarnos, y así a renegar Cristo y su amor, demasiado grande para ser verdadero. 

Judas también se esconde en el miedo frente a la grandeza de la llamada, al matrimonio o al celibato, en el terror delante de la posibilidad de un amor indisoluble que enchoca con la precariedad de nuestras afecciones. Pero justo nuestras debilidades y las contradicciones de la historia son el lugar dónde experimentar que en todo y en cada instante, corre el amor de Dios como un río de Gracia. Para reconocerlo, tenemos que acoger en nosotros la mirada de Jesús que vio la trama positiva, de Gracia y de Gloria, también en los ojos asesinos de Judas. La mirada de su corazón que, superando los débiles sentimientos de cariño y justicia de Pedro, ya lo vio llorante sobre sus pecados, porque ya lo habia perdonado.

Hermanos, para transfigurar nuestra mirada en el de Cristo, entramos con Él en el Cenáculo en esta víspera de su Pasión; y aprendemos a entrarnos cada día, antes de nuestra pasión: antes de una operación delicada, de una decisión de tomar, frente a las dificultades de relación con la pareja y los hijos, delante de la Cruz que nos espera.

Antes del Getsemani hay el Cenáculo, dónde reclinar la cabeza sobre el pecho de Jesús, porque sólo así aprenderemos a entrar en la historia y a reclinar al nuestro sobre la Cruz, el único sitio dónde el propio Cristo ha podido reclinar el suyo. Cuando estamos crucificados con Cristo, aparece la hora en la que "glorificar el Padre" y Cristo en nosotros. Cada hora en la que la carne blasfemaría, es aquella favorable para devolver gloria a Dios. 

Pero debemos prepararnos en el Cenáculo, imagen de la comunidad cristiana, dónde nos acoge la "profunda conmoción" de Jesús para cada una de nuestra traición, para que en ella nos entregamos a sus entrañas de misericordia. En la comunidad se escucha su Palabra y nos alimentamos de Cristo en los sacramentos; se diluyen las angustias en la horacion, y se depone el inconsciente orgullo de Pedro en el abrazo cariñoso de Dios, dónde aceptar la propia debilidad. Satanás, en efecto, se enfrenta solo escondidos en la hendidura de la roca de dónde hacer oírle al Novio la voz de nuestro corazón. 

Las tentaciones y las incredulidades sólo se vencen reclinados sobre el pecho de Jesús, como el sarmiento está unido a la vid, en la conciencia humilde que no podemos nada. Allí dentro en efecto, en el horno ardiente del corazón de Cristo, experimentaremos de ser sus discípulos queridos, partícipes de su misma misión. El fuego de su amor nos derretirá en Él porque se quebrante sobre de nosotros vueltos una cosa sola con Cristo, el mal de esta generación. Quien viva en la comunión de la Iglesia se sacia cada instante de la misericordia que desatasca del pecho de Jesús derramando en el su amor, puede vivir lo "antes" de cada acontecimiento de la vida discerniendo en cada uno el Misterio Pascual que lo espera; y así podrá entrar "más tarde" en aquellos en el que "ir con Jesús dónde Él ya ha ido", el Reino dónde descansar eternamente sobre su pecho, del que también en esta Pascua nos serán donadas las primicias exquisitas.

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